EL JUEGO DE LA VIDA (Contiene +18)

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EL JUEGO DE LA VIDA (Contiene +18)

Mensaje por Soo Yun el Jue Abr 21, 2011 4:20 pm

BEFORE

Eras muy feliz, recordabas eso. Recordabas tu casa, una casa que cualquier familia de clase media tendría: Ni muy grande, ni muy pequeña, con dos plantas. También recordabas tu cuarto; Siempre estaba desordenado. Había dos camas en tu habitación ¿También te acordabas de eso? Si… Y había dos dormitorios más: El de tus padres y el de otro hermano. Erais tres hermanos en total. Pero sus rostros estaban borrosos en tu mente, tampoco sabías quien era el mayor, el mediano y el pequeño de vosotros tres. No sabías si eran hermanas, hermanos o una hermana y un hermano. Solo recordabas quererles mucho, muchísimo, como cualquier hermano a otro. Teníais las peleas típicas, en las que tu madre os regañaba, y tu padre simplemente no estaba. Se pasaba el día fuera. Quizás por eso le cogiste muchísimo más aprecio a ella que a él.

Era tu octavo cumpleaños. Estabas muy contento, tu abuelo te iba a regalar esa GameBoy PS de color rojo oscuro junto con el juego de Pokemon. Algo totalmente normal en cualquier niño. Invitaste a muchos amigos, de los cuales sus rostros tampoco recordabas. Erais quince, o dieciséis, o trece… El caso es que había muchos niños en un parque, todos comiendo tarta, jugando, cantando, riendo felices. Y había un hombre que hacía mucho rato que no había dejado de mirarte. Te extrañaste mucho, y en tu memoria estaba bien marcado el haberte acercado a ese señor.

-Señor señor… ¿Qué le pasa?-
Le cuestionaste, mientras unos amigos tuyos también se acercaban. -¿Quiere jugar con nosotros? ¿Quiere tomar tarta?-

Había algo muy gracioso en ese señor: Tenía una máscara. El diseño de esa máscara te gustó, aunque a algunos de tus amigos les dio miedo, u a otros risa. Estaba muy cubierto, pero eso no era de extrañar: A pesar de ser 23 de Marzo, hacía bastante frío. El calor no llegaba, y eso a ti te alegraba, porque adorabas el frío. Sobretodo cuando estabas en casa, dibujando junto a la chimenea, mientras mamá veía la tele con los demás.

También cabía destacar que era alguien muy alto. Habías tenido que levantar mucho el cuello para poder mirarle con aquellos preciosos ojazos oscuros, que, en aquel instante, estaban cambiando de color muy lentamente a un verde extremadamente claro. Eso le hizo gracia al señor, o eso pensaste, porque se agachó a mirarlos bien. Aun desconocías el porque del cambio de color de los ojos, cuando fuiste al médico con mamá dijo que no pasaba nada, eso le ocurría a bastantes personas. Ella te dijo que, seguramente, lo habías heredado de tu abuela.

A pesar de la cercanía con aquel señor, no fuiste capaz de ver sus ojos. Lo que si pudiste observar fue su cabello, larguísimo y rubio. Parecía muy suavito, pero no te atreviste a tocarlo. Aquel hombre te acarició una mejilla, y tu sonreíste un poco más. Era una sonrisa pura y sincera.

-No te preocupes. Tendremos mucho más tiempo para jugar tú y yo.-


En aquel momento no entendiste lo que quiso decir aquella voz, grave y, como decían muchos mayores, “seductoras”. Aun no sabías que significaba esa palabra, pero muchas veces la decías, creyendo que así era más listo. Algunos amigos te imitaban cuando la decías, y poco a poco la mitad de tu colegio empezó a decir “seductor/a” sin saber que significaba realmente.

Entonces llegó tu padre. Tu mirada se iluminó al instante: Papá había llegado, y ese iba a ser el primer cumpleaños en el que estuviese presente. Olvidaste a aquel hombre completamente y corriste hasta él, gritando “¡Papá, papá!”. Tu madre, extrañada, se acercó tras de ti. Ella también estaba confusa de que hubiese aparecido tan pronto, cuando generalmente había incluso días en los que no se presentaba por casa.

En el fondo, odiabas a papá. Habías escuchado las peleas que se solían provocar cuando él estaba en casa, y mamá lloraba cuando le pegaba o le hacía cosas extrañas. Una vez viste a mamá tirada en el suelo, boca abajo, llorando con fuerza y desnuda, mientras papá se movía detrás de ella de una forma extraña. Solo escuchabas los gritos de mamá cuando te tiraste sobre papá, pegándole y diciendo que parara ¿Cuántos años tenías? ¿Seis, siete? Fuese la edad que fuese, esa imagen se había quedado grabada en ti. Pero tenías que hacer como si le quisieses, porque lo hablaste con tus amigos en el cole. Ellos decían que las madres se ponían tristes si los hijos no querían a los papás, y viceversa. Así que tú tenías que quererle para que mamá se riera mucho. A pesar de que eso significase cosas extrañas. Una vez, por ejemplo, papá te dijo que te quitases la ropa para que te hiciera fotos. Fue extraño, pero nunca llegó a nada más.

Papá pasó de largo, y tú te quedaste unos segundos con los brazos abiertos, esperando recibir un beso, como todos los demás niños con padres. Pero no pasó. Te giraste y viste como también pasaba de mamá, y ella comenzaba a seguirle, y él empezaba a gritar. Ella se quedó a mitad de camino, dando un suspiro: No podía hacer más. Escuchabas a las demás madres que estaban en el cumple murmurar cosas, pero no dijiste nada.

El resto de la tarde fue normal. Volviste a jugar con tus amigos, riendo, mirando de vez en cuando a papá hablar con ese hombre extraño, mientras se intercambiaban… ¿Cromos? ¿Fotos? ¿Qué eran? No lo sabías, pero poco importaba. También veías a mamá, que hacía como si nada hubiese pasado, pero en su mirada podías sentir la tristeza. Cuando se comenzó a acercar la noche, tus amigos comenzaron a irse. Te despediste de ellos entre risas, con algunos “¡Hasta mañana!” porque les verías en el cole.

Desconocías que esa iba a ser la última vez que los ibas a ver.

Esa noche no cenaste en casa. Cuando llegaste a esta, el hombre extraño había sido invitado. Mientras mamá y papá gritaban en su dormitorio (Escuchando como mamá lloraba), tú y tus hermanos estabais con el hombre raro en el salón. Procurabais que no hubiese silencio, aunque a ti se te aguaban los ojos al escuchar los gritos de mamá.

-¿Cómo te llamas?-
Te atreviste a preguntar, curioso.

-…- Aquel hombre te cogió en brazos, y tú reíste mientras te ponía en sus piernas. -¿Cómo queréis llamarme?-

Los tres hermanos se pensaron el nombre, y estuvieron debatiendo cual ponerle. Pero para cuando papá bajó, aún no os habíais decidido.

-Podéis iros.-


Fueron las últimas palabras que escuchaste de papá, mientras el hombre se ponía en pie contigo en brazos.

-¿A dónde va Soo?-
Preguntó uno de tus hermanos.

-Este señor se lo llevará esta noche para enseñarle una cosa. Vosotros al coche, nosotros también iremos ¡Vamos!-


Papá parecía muy alterado, estaba muy colorado y enfadado. Tus hermanos se despidieron de ti lanzándote un beso y corriendo a las habitaciones. Por un momento sentiste miedo ¿Qué iba a pasar? Pero ese hombre comenzó a acariciarte la espalda. Le miraste por unos segundos y te relajaste poco a poco.

Cuando salisteis de casa, os metisteis en el coche. Te pusiste contento porque el hombre extraño te dejó ir delante: “Hoy te convertirás en un niño mayor” Te dijo, y tú reíste. No te atreviste a decir que querías ir a ver a mamá, pero tenías muchas ganas. Como si alguien te hubiese escuchado, viste como mamá salía corriendo, cojeando, cubierta por las sábanas. Viste que tenía muchos golpes y diste un pequeño gritito de horror. Quisiste salir, pero el hombre arrancó y os marchasteis a toda velocidad. Mamá siguió el coche unos metros más allá, pero al poco tiempo la perdisteis de vista.

-¡Quiero bajarme! ¡Quiero ir con ella!-


Él te dijo que te tranquilizases, que había llamado a la policía, a los bomberos y a la ambulancia para que la curaran. Tú, alterado, tardaste todo el camino en calmarte. Más aun porque te pusiste nervioso cuando, el coche donde iban papá y los hermanos, dejó de seguiros. Él te explicó que iban a por pizza, para que la comierais todos juntos.

Al fin llegasteis a su casa. O a su mansión. O a su palacio, no sabías como describirlo, pero era gigantesco. Los jardines llegaban hasta donde tus ojos alcanzaban, y la casa era tan grande que te mareabas al mirar hacia arriba. Te emocionaste y corriste a la puerta, tirando de la manga de aquel señor para ir más rápido ¡Quería verlo todo!

Cuando entraste, lo primero que hiciste fue correr a ver todos los lugares permitidos, porque el señor te prohibió ver la tercera, cuarta y quinta planta. Hiciste un puchero por unos minutos, pero de nada sirvió.

Tardaste mucho rato en ver las habitaciones, a pesar de que incluso no viste todas. Finalmente el hombre te llamó, y seguiste su voz hasta lo que era el salón: Amplio, exquisitamente decorado, con una gran tele, aparato de música, cuatro sofás… Era todo un lujo. Viste la pizza y preguntaste:

-¿Dónde están los demás?-

-Ahora vendrán. Han ido a por algunas cosas para acompañar la comida.-


Recordabas perfectamente la peli que pusisteis para ver: V de Vendetta. Él dijo que te gustaría, y así fue. Además, salía la máscara que el hombre extraño llevaba, algo que te hizo mucha gracia.

Hacia el final de la película sentías como empezabas a quedarte dormido, pues ya era muy tarde. El señor te cogió en brazos, murmurándote que no te durmieras:

-Ahora viene el juego más divertido que existe.-


La curiosidad te mantuvo algo más despierto, pero fue extraño: Te llevó a un dormitorio muy grande y amplio. ¿Cómo iban a jugar allí? Recordó que se sorprendió mucho cuando el hombre, tras dejarlo en la cama, se quitó la mitad baja de la máscara ¡Se podía partir en dos! Sonreíste, seguro que era parte del juego.

-¿Qué hay que hacer? ¿Cómo se juega?-
Cuestionaste, ciertamente ansioso.

-Hay que quitarse la ropa.-


Te quedaste muy extrañado por eso, pero hiciste caso. Eran las reglas de ese juego. Te desvestiste con rapidez, no sentías vergüenza a decir verdad, quizás era porque todavía te duchabas con tus hermanos. Aunque si te sonrojaste al ver al señor desnudo: Era muy pálido y musculoso, y te sorprendió que su trompita no era precisamente pequeña. Todo lo contrario, era muy grande, y se estaba… ¿Levantando?

-Oye….-
Miraste al otro con cierto deje de preocupación –Tu trompita se está levantando… ¿No te duele? ¿Estás malito?-

-Ajajajaja-
Aquel hombre rió, como si hubieras hecho un chiste ¿Qué tenía de gracioso aquello? Te preguntaste mientras el otro te tumbaba y él hacía lo mismo sobre ti. –No estoy “malito”, tranquilo… Todo lo contrario. Eso significa que me gustan ciertas cosas-

No lo entendiste bien, pero comenzaste a sentirte raro cuando empezó a besar y lamer tu cuello. Quisiste decir algo, pero él te dijo que no te preocupases, que él juego era así… y que al final te iba a encantar. Confiaste en él, aunque aun estabas bastante aturdido.

Comenzaste a sentirte más extraño aún cuando sus manos empezaron a acariciar la parte interior de tus muslos, mientras empezaba a lamer y succionar tus tetillas ¿Quería leche acaso? Él no era una mamá y no podía tener leche. Pero aun así él parecía empeñado, y tú sentías unas cosquillas extrañas en el vientre y empezabas a respirar con cierta agitación, sintiendo tus mejillas coloradas ¿Qué estaba pasando?

Diste un pequeño gritillo cuando su mano rodeó tu cosita, y te diste cuenta entonces de que también se había levantado como la de él. Empezó a mover la mano, creando un sentimiento muy raro: No se sentía nada mal, creaba una tensión extraña… Pero querías más. Empezaste a soltar soniditos raros mientras te removías, y entonces el hombre paró. Sus manos temblaban y parecía muy ansioso por algo, y te dio la vuelta muy rápido.

Te sobresaltaste cuando sentiste el roce de cierta parte de su anatomía contra tu trasero, pero hubo algo que te hizo gritar: Sentiste como entraba en ti de forma brusca y rápida, arrancándote un grito de dolor junto con lo último que te quedaba de inocencia.

-¡¡¡SÁCALA!!!! ¡¡¡¡SÁCALA!!! ¡¡¡DUELE!!! ¡¡ME DUELE!!-


No parecía escucharte, y comenzó a moverse con fuerza dentro de ti. Sentías como entraba y salía una y otra vez, desgarrándote, creyendo que podías morir ahí mismo de dolor. Siguió durante un tiempo que a ti te pareció eterno, y hubo un momento en el que tu mente dejó de reaccionar. Lo último que sentiste antes de desmayarte fue como un líquido entraba dentro tuya, mientras tu cuerpo se mantenía inerte.

Años después…


Estabas en tu dormitorio. El dormitorio que él te había dado tiempo atrás. Ordenado y muy bien decorado, con todo impecable. Incluso las cámaras de este cuarto estaban adornadas para que pasasen desapercibidas.

Esa noche, él iba a tener muchos invitados, así que te estabas arreglando. Habías estado esperando a que se decidiera, porque tenías tantas cosas para ponerte… Ropa de cuero, orejas y cola de distintos animales, cadenas, trajes… o quizás quería que no llevases nada. Pero, como iban a ser japoneses sus invitados, decidió que tú, junto con los demás muchachos de aquella mansión, os vistieseis de geishas. Él no hacía distintivos en la ropa, a pesar de ser chico tenías que vestir muchas veces de mujer. Y aquello no solo era para él, todos los demás también.

Nada más terminar de vestirte, os llamaron a todos. Bajasteis en fila india hasta el comedor, donde muchos hombres esperaban allí. Todos llevaban la máscara de V… Y todos le quitaron la mitad baja para comer. Durante la cena, os encargasteis principalmente de bailar, cantar, tocar algún instrumento o servir copas. O algunos menos afortunados, de aguantar los manoseos en silencio. Entre esos menos afortunados, estabas tú.

Como siempre, mantenías la mirada agachada, al igual que todos. Teníais totalmente prohibido mirar a la gente a la cara, y aun así, no queríais hacerlo: Todos allí teníais miedo hacia las personas, pues eran horribles. Si él fuera solo una persona, quizás no temeríais a la gente tanto como lo hacíais, pero es que él era varias personas. Algunas veces era rubio, otras moreno, otras tenía el cabello largo, otras corto. Y vosotros erais sus juguetes.

Debíais portaros muy bien. Esa noche más aun, porque los invitados de aquel lugar estaban ahí, principalmente, para compraros. Y siempre era lo mismo.

Después de la cena, os quisieron probar. Como erais tantos, algunos invitados tenían dos o incluso tres chicos a su disposición. Solo erais vulgares putas… Putas infelices y destrozadas. En aquel comedor pudiste escuchar los gritos de muchos de tus compañeros ante el dolor, y quisiste ayudarles. Pero no podías. Tú estabas igual que ellos, o incluso peor: Tenías en frente a tu compañero, que se deshacía en lágrimas, al igual que tú. Era extraño, tantos chicos allí y no conocías el nombre de ninguno, e incluso a alguno que otro no lo habías visto hasta hoy. Pero a decir verdad, aquellas fiestas eran una bendición.

¿Por qué? Porque a él le gustaban los juegos.

Era un ser repugnante, un pervertido al extremo. A veces jugaban en un tablero de ajedrez grande, donde debía masturbarse, azotarse, ser violado o satisfacer a alguien, dependiendo de la pieza que le tocase ser o si se había comido a alguien o si le habían comido a él. Otras veces le tocaban jugar a caperucita roja, o blanca nieves, o incluso la sirenita o la bella y la bestia. Otros días jugaban a ver quien aguantaba más, y eso era así: Sala de torturas. Cuatro chicos. El que más aguantase, tenía derecho a un pastel y un día de descanso. O a veces incluso os lo teníais que montar entre vosotros. Pero todo tenía que ser lo más pervertido posible….. Incluso más de una vez metió zoofilia de por medio... Como se cargaba los cuentos aquel hombre.

Aquella noche descubriste algo. Tenías catorce años, y fue cuando tuviste tu primer orgasmo. Había algo mal equilibrado en tu cuerpo, quizás era ya lo acostumbrado que estabas al dolor o al sexo. Pero fue extraño. No eras tú.

Recordabas esas ansias de más, tus altos gemidos mientras “cabalgabas” sobre aquel hombre, que se la estaba mamando al compañero al cual lamías y besabas los pezones en aquel momento. Ascendiste por su cuerpo y le besaste con una pasión desbordante.

Ya llegaba

Tus gritos de placer se hicieron más altos, mientras las lágrimas caían y caían por tu cuerpo. Colocaste tus manos en tu nuca, removiendo tu cabello en un intento de calmarte un poco.

Más…Más…. ¡MÁS!

Fue un orgasmo dulcísimo, el primero de toda tu vida. Se escuchó en todo el lugar, y tú estabas agotado. Pero querías más. No estabas bien, y lo sabías: Una violación no podía gustarle a alguien normal. Pero así fue.

No eras tú, y eso provocaba un agotamiento especial en tu cuerpo. Algunos invitados quisieron probarte, y lo hicieron de dos en dos. Tuviste dos orgasmos más: Los que te permitió tu cuerpo antes de desfallecer. A pesar de que querían comprarte, no saliste de aquel lugar: Él te quería siempre a su disposición.

Dos años más tarde

23 de Marzo. Tu dieciséis cumpleaños. Después de aquel día, algunas veces más habías tenido orgasmos, pero fueron muy pocas. De nuevo estabas en tu dormitorio, tumbado en la cama, pues no te podías mantener de pie debido al punzante dolor en tu entrada.

Escuchaste ruidos y un tiroteo abajo. Te levantaste, asustado, a ver que pasaba, y saliste cojeando al pasillo. Muchos de tus compañeros estaban corriendo, había un par desangrándose en el suelo. Te entró horror, pero lo primero que hiciste fue acercarte a los heridos. Varios habían muerto, y cuando al fin diste con uno vivo, estallaste a llorar. Reconocías a aquel muchacho: Era el compañero que estaba junto a ti y al invitado la noche de tu primer climax.

-Tranquilo… Tranquilo, saldrás de esta…-
Dijiste sollozando.

Él te cogió una mano, y te atreviste a mirarle a la cara. Estaba sonriendo, y parecía muy alegre a pesar de su estado grave.

-V-Voy…voy a…ser…feliz…..-


Le costaba mucho respirar, y lo notaste. Aquellas fueron sus últimas palabras antes de que muriese. Cuanto te diste cuenta, despertaste de tu shock en un extraño lugar. Todo era tan.. blanco… tan… limpio…

“-De nuevo, un juego para él-“
Pensaste.
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