Lead me into the light

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Lead me into the light

Mensaje por Hen el Miér Abr 20, 2011 9:35 pm

Ni tan siquiera me molesté en intentar recordar cómo había acabado en aquel lugar. El silencio se cernía sobre el lúgubre y oscuro espacio en el cual me encontraba, sólo interrumpido por mi queda respiración y el molesto zumbido que atronaba en mi cabeza, tan habitual que ni me molestaba en tratar de acallarlo, ya que la experiencia me había enseñado que no existía manera. Era tal la oscuridad que me rodeaba que no podía distinguir si esta venía de tras mi párpados o de las reales tinieblas que rodeaban la estancia.

Pero no era aquello lo que me hacía sentir inquieto, pues ya estaba acostumbrado tanto al silencio como a la oscuridad, amigas de la soledad que siempre parecía acompañarme. Era el aire. Meloso y asfixiante, trataba de camelarme, convencerme y seducirme de que todo era tranquilo, relajado, completo, perfectamente normal, y de que yo no estaba "loco".

-Yo no estoy loco.- mi voz quebró el silencio. Un loco no puede saber que lo está, ¿no es cierto?...En tal caso, ¿por qué todos se empeñaban en tratar de demostrarme lo contrario? ¿Qué tenían contra mí como para encerrarme en aquel sombrío lugar?...Era como el aire. Todos eran como el aire. Trataban de aparentar que nada sucedía, de hacerme sentir bien, tranquilo, "cuerdo"...Cuando en realidad, era todo lo contrario, y tan sólo esperaban a que confiara para atraparme entre sus garras, para asfixiarme, atraparme entre sus garras para matar a aquello que nunca debió nacer.

No tuve tiempo de pensar en nada más, cuando un halo de luz impactó contra mis ojos, quemándome la vista. Grité de terror y sorpresa, tratando de cubrirme con los brazos, cerrando mis párpados con tanta fuerza que temí llorar lágrimas de sangre. Casi añoré la fría oscuridad que me protegía momentos atrás.

Lentamente, cuando ya hube regularizado mi respiración y acostumbrado a la luz aún perceptible tras mis párpados, abrí mis orbes carmesíes, con un parpadeo confuso. Estuve tentado a volver a cerrarlos, al descubrir la brillante blancura que me rodeaba. Todo era tan... limpio, inmaculado, brillante...completa y absolutamente artificial, fue la primera impresión que tuve. Los únicos elementos de color que pude apreciar fue la silla metálica en la que me encontraba sentado y la cámara, el negro orbe que me vigilaba desde una esquina de la estancia. Cada movimiento, cada inspiración, cada parpadeo, cada emoción, cada pensamiento...nada parecía escapar de su ojo atento y omnipresente. Volví a sufrir aquella sensación, esa presión que impactaba sobre mi pecho, impidiéndome respirar, ahogándome lenta e inexorablemente. Sentía que no me quitabn los ojos de encima, que observaban, como si se tratara de un experimento fallido y de consecuencias imprevisibles, cada movimiento procedente de mí.

Sentí una voz invadiendo mis oídos, y también mis pensamientos. Volvía inútilmente la cabeza hacia todos los lados, tratando de averiguar la procedencia de tan grave y artificial voz.

-Eres precisamente lo que buscábamos …O lo que tu buscabas.- lograba entender. - Bienvenido demente, no saldrás de este lugar, pero eso no quiere decir de que te lo vayas a pasar mal.

Sin querelo, dejé escapar una carcajada, que no delataba mis verdaderos sentimientos, salvo el sarcasmo que percibía en aquella frase. "Demente" era mi segundo nombre, prácticamente por el cual me llamaba todo el mundo, sin tener en cuanta las solitarias tres letras del primero. Encerrado en aquella jaula blanca, no cabía suponer otra cosa, ¿verdad?...Aunque tampoco tenía demasiadas expectativas sobre lo "bien" que se lo iba a pasar. Casi era como si me lo esperara, y reí del fallido intento de asustarme.

Mis ojos y mi atención se fijaron sobre el individuo, camuflado de blanco, que apareció en escena empujando un carrito chirriante. Lo seguí atento, con la mirada, sin atreverme a respirar. Sin embargo, no logré suicidarme conteniendo la respiración, como había previsto espontáneamente, ya que una sonora carcajada destruyó mis propósitos. Entre risas, me incliné hacia delante para observar el contenido del misterioso carrito: Jeringuillas con líquidos de colores extraños, botellitas de pastillas con nombre impronunciables, correas roídas y ensangrentadas con el líquido vital del último que sufrió sus ataduras. En lugar del miedo, o más bien terror, que se suponía que albergaba mi corazón, sentía una extraña excitación invadiéndome por dentro, como una corriente cálida en mis venas, en cada uno de los latidos de mi corazón. Retuve el impulso de abalanzarme sobre el carrito, a duras penas. El hombre de sonrisa misteriosa me sorprendió revolviéndome en la silla, con su primera pregunta:

-¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?

-Hen- respondí. No me entristecí al no recordar ninguno de mis supuestos cumpleaños, ni por no saber ni tan siquiera el día ni cuanto hacía de mi nacimiento. Calculé que, por el tiempo pasado y mi aspecto, debía tener unos...-Eso depende de cuántos aparente...¿Quince? ¿Dieciséis? ¿O tal vez diecisiete? ¿¡Y eso qué más da!?- exclamé, perdiendo la paciencia. Tendía a menudo a actuar de esa manera, gritar de forma incoherente, interrumpiéndome a mí mismo en ocasiones. Me recordé por enésima vez que no era un animal, si no una persona civilizada -supuestamente- y, tras un largo suspiro, añadí, en un susurro.-Dieciséis...creo.

-Describete en siete palabras.- ordenó el hombre.

Respondí con un suave gruñido, no me gustaba que me dieran órdenes, y mucho menos, acatarlas. Sin embargo, tras hecharle una mirada a las correas amenazantes del carrito, respondí:

-No tengo una personalidad demasiado definida, más bien varía dependiendo de mi humor, pero por lo general...soy sarcástico. Burlón. Histérico.- iba enumerando, contando con los dedos conforme recitaba. Las matemáticas nunca habían sido mi fuerte. -Despistado.- lo cual, en palabras mías, significaba "amnésico" -Egocéntrico. Agresivo. Loco.- reí de nuevo, me tranquilizaba el sonido de mi voz atacando al tormentoso silencio que se cernía sobre nosotros. -Obviamente...de lo contrario, no estaría aquí, ¿verdad?

-¿Por qué llegaste aquí?- preguntó el hombre, antes de que pudiera añadir nada más.

No se lo tomé en cuenta, porque estaba demasiado ocupado pensando una buena respuesta. Abría la boca varias veces, pero la cerraba de inmediato, sin saber ni decir nada. Parecía que boqueaba, haciendo gestos con las manos, señalándome a mí mismo, como si de esta manera pudiera llamar a las palabras. Las miré durante unos instantes, dándoles vueltas frente a mis orbes rojizos. Eran las mismas con las que había...no, quería. No podía. No podía contarlo. Miré con una expresión de terror mis manos, y, asqueado por lo que habían hecho, de haber tocado una sangre tan sucia e impura, traté de ocultarlas en los bolsillos de mis pantalones cortos, que dejaban a la vista unas largas y delgadas piernas terminadas en pies descalzos. Para mis sorpresa, saqué de este un pequeño papel de aspecto sucio y arrugado. ¿Qué demonios era aquello? ¿Cómo habría llegado hasta allí?

Presa de la intriga, lo desdoblé con rapidez, averiguando que se trataba de un artículo de periódico, cuya parte inferior estaba arrancad y manchada con minúsculas gotas de sangre:

Asesinato en Koishikawa
La policía investiga las causas de la muerte de los Kyōki, anoche a la madrugada, residentes en Tokio.

Los cuerpos de la familia Kyōki, con domicilio en el barrio de Koishikawa, Tokio, fueron encontrados la noche del sábado 5 de abril en el apartamento en el cual residía la familia, compuesta por Kiyoshi Kyōki, de 43 años, su mujer, Minako Saejima, tres años menor, y sus hijos, Hiroko, Hachiro y Saburo (19, 15 y 9 respectivamente), asesinados por arma blanca en el comedor en el cual se reunían para la mesa. El asesino, Hen Kyōki, de 16 años de edad, era el hijo del difunto hermano de Kiyoshi, que murió junto a su esposa en un terrible accidente de tráfico hace 12 años. El joven padecía serios problemas mentales debido al trauma psicológico que le supuso la muerte de sus progenitores y los constantes abusos y humillaciones que sufría por parte de la familia, según los testigos y el propio homicida,. Según diversos análisis, se ha encontrado cocaína, hachís, eva y otras drogas en la sangre del chico. Se sospesa que estas pudieron ser las causas del terrible crimen que aconteció anoche en...

Incapaz de seguir leyendo, le tendí el papel al hombre. No es que me sintiera arrepentido, al contrario, pensaba que había sido benevolente al matarlos de una forma tan rápida e indolora -bueno, casi- y opinaba que, después de todo lo que me habían hecho esos bastardos, merecían más, mucho más.

-Espero que esto te diga lo que quieres saber~- ronroneé, con una sonrisa divertida. No negaré que lo había sido, matar uno a uno a aquellos desgraciados que arruinaron mi vida, verlos gritar, sufrir y morir a mis manos, mientras su sangre me corría entre los dedos.

-¿Quieres escapar o quedarte?

Ni siquiera sabía si había tomado el papel, pero me llamó la atención aquella pregunta tan obvia. No que hubiera ido allí por voluntad propia, si no arrastrado por la policía, que me consideraba un "peligro público" que debía de estar "en el lugar adecuado para tales engendros", palabras literales, lo juro. Le dediqué el hombre una media sonrisa sarcástica y comenté, con escaso interés:

-¿Me queda otro remedio?- respondí con una pregunta. No trataba de ser pesimista, si no realista. Además, tampoco es que tuviera muchos más sitios a los que ir. Como dijo el hombre, estar encerrado allí de por vida no significaba que me fuera a pasar mal...¿o era albargar demasiadas esperanzas? -No negaré que es una oferta tentadora...- ironicé, mirando a las blacas y desnudas paredes que me rodeaban. -...De modo que puede que me quede algún tiempo por aquí...¿quién sabe?- para toda la vida.

-¿Tus gustos y disgustos?-

-Ammm...- pensé, alzando la vista hacia el techo desnudo, blanco y frío, como el resto de la habitación, del cual provenía la luz que me cegó momentos atrás, concretamente de unos fluorescentes que le daban un aspecto aún más lúgubre si cabe a la estancia. -No sé, no sé~...Por lo general me gusta estar solo. La experiencia me ha enseñado que es lo mejor...además, la gente es tan sólo un estrobo. Nadie puede compararse a mí...Ha, ha. Casi me dan pena. -reí. -También soy fanático de las drogas. -no me costaba nada admitirlo, ¿verdad?. -Nicotina, crack, valium, heroína, éxtasis, cocaína, laxantes, anti-depresivos, eva, relajantes...hasta la cafeína.- relaté la lista que me sabía mejor que el abecedario. Normalmente los drogadictos nunca admiten que lo son, pero supongo que yo soy la excepción que confirma la regla. -La sangre también entra dentro de mis favoritos, al igual que las armas. De todo tipo, desde ametralladoras hasta navajas.- la cual solía tener siempre atada a mi muslo. Sólo por si acaso~. -Y el sexo...no me considero un ninfómano, pero admito que me gusta. Y luego está la lectura y el piano. -pasatiempos que no parecían encajar entre mi adicción por las drogas y la excitación que me producía la visión de sangre. -Ah, también los marshmallows...los ruidos fuertes, el frío...y muchas otras cosas.-generalicé. -Por otro lado, detesto a la gente, en general. Concretamente, a los imbéciles que me atraparon y llevaron aquí, que se metieron donde no les llamaban. Ah, y por supuesto, también a todos vosotros, bastardos, por mantenerme preso.- le guiñé un ojo con picardía, algo habitual en mí. -No es nada personal.- sonreí, divertido. -Tampoco son de mi agrado las luces demasiado brillantes. -comenté, haciendo hincapié en las tres últimas palabras, refiriéndome a la causa por la cual casi me quedo ciego. ¿Es que pretendían arrebatarme tanto la libertad como la vista? -Y el silencio. Me pone nervioso. Bueno, prácticamente, todo me pone nervioso...pero dejemos eso a parte. Odio ver a los demás felices. Quiero que sufran. ¡Sí, que sufran!- grité, levantándome de la silla, con las manos extendidas a ambos costados, los ojos desorbitados y una expresión maníaca en el rostro. No podía verla, pero era consciente de que la tenía pintada en la cara, seguro. -¡Todo lo que yo sufrí!- empezaba a perder el control y a dejarme llevar por el histerismo, lo cual no era ninguna sorpresa para mí, de todos modos. Traté de respirar hondo, y de volver a recordarme que era una persona. “Tranquilo, Hen. Relájate. Así, muy bien. Respira. Siéntate.” me ordenaba. “No soy una animal. Soy una persona. Y me voy a poner bien. ¿Me oís? ¡Me pondré bien y saldré de aquí!” claro que no me escuchaban, sencillamente lo estaba pensando, y reprimí el impulso de volver a gritar. Un poco más calmado tras mi arrebato, suspiré y proseguí. -Lo siento. No me gusta...esta parte de mi mismo. Perder el control. Soy una persona. Aunque no lo parezca...Quiero estar bien. Pero no puedo evitarlo...Quiero gritar, destruir, hacer daño...Pero lo lograré. Y algún día, saldré de aquí, de este lugar que tanto, tanto odio...Como el calor. Tampoco me gusta el calor. Es agobiante. Ni que me vigilen. Odio cuando lo hacen...No soy paranoico.- me apresuré a aclarar, aunque ni yo me lo creía. -Dormir. Lo odio.- me hacía sentir débil entre los brazos de Morfeo. -No me gusta sentirme débil, ni serlo. Y...bah, odio tantas cosas que no merece la pena recordarlas.- le quité importancia, pero en realidad no me hacía ninguna gracia estar contándole mi vida a un completo desconocido.
-Descríbete físicamente.

Su siguiente orden hizo escapar una risa aguda de mis labios. Aquello no tenía ningún sentido, básicamente por el hecho de que, salvo que fuera ciego o padeciera de cualquier otra enfermedad visual y yo lo desconociera, me veía perfectamente.

-Eso no tiene ningún sentido.- le hice notar, dedicándole una sonrisa divertida y burlona. -¿Quién es lo loco ahora, eh?- señalé, para romper a reír en una carcajada histérica, divertido por mi propia ocurrencia. Tras haberme calmado un poco, tomé aire y relaté:

-Como usted mismo puede comprobar, soy de buena planta, con una altura considerable cuyo número exacto desconozco, al igual que el peso, pero como resulta evidente.- puntualicé, haciendo referencia mi cuerpo enclenque y fino. -Resulto de complexión excesivamente delgada para mi edad...Mi cabello.- tomé uno de los mechones y lo miré, como para comprobar que no me equivocaba. -...Es albino, blanco. Corto, algo más largo en los mechones de delante, en forma de uve...por el contrario, mis ojos son de un color rojizo, carmesí, bermellón o como te de la gana llamarlo. Al igual que el pelo, mi piel es blanca, lisa como la porcelana.- lo cual no era del todo cierto, pero no me apetecía nada explicar el motivo de mis cicatrices. -...Y yo qué sé. Mírame y respóndete a tí mismo, idiota.- finalicé, ya harto.
-¿Crees en el mundo del más allá?

-¿Y a qué viene eso?- le espeté, sorprendido de que hubiera pasado de una simple pregunta de descripción a otra que requería larga meditación filosófica. Sin embargo, respondí automáticamente, sin reflexiones estúpidas ni habladurías de viejas. -No. Si estás muerto, estás muerto, y punto. No hay más.

Y, en el hipotético caso de que hubiera más vidas, dudo que fueran mucho mejores que esta”

-Y por ultimo… ¿Estas preparado?

-¿Y tú?- pregunté, con una media sonrisa, antes de gritar de dolor y sorpresa por el repentino pinchazo y deslizarse hasta las impolutas baldosas blancas, manchándolas con diminutas gotas de sangre provenientes de mi cuello, presa de un ensueño.

Me sentía como si acabara de empezar a soñar...sin saber que la pesadilla estaba a punto de comenzar.



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Re: Lead me into the light

Mensaje por Mammon el Vie Abr 22, 2011 2:27 am

- Revisó el papel sin importar el cuerpo que yacía en el suelo – Asesinar a la familia. Típico.

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